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"En las novelas primerizas yo era un escritor feliz": Evelio Rosero Diago

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    Albeiro Arciniegas Mejía
  • hace 5 horas
  • 9 min de lectura
Evelio Rosero, escritor colombiano
Evelio Rosero, escritor colombiano

Es un autor que combina reconocimiento crítico internacional con profundidad literaria y una exploración persistente de las violencias históricas y morales de Colombia.

 

Evelio Rosero nació en Bogotá en 1958, pertenece a la generación posterior al llamado boom latinoamericano y centró su obra en una Colombia íntima, más sombría y moralmente fracturada, lejos del universo real maravilloso de Gabriel García Márquez y su entorno. 


En 1998 presentó su novela El incendiado en el Paraninfo de la Universidad de Nariño en Pasto, Colombia. Por esas malas ocurrencias que tuve en la vida cursaba estudios de Derecho, carrera que abandonaría muy pronto, pues la literatura y el periodismo hervían en mi sangre. Y, como estudiante, hice parte de quienes acompañaron a Evelio en la presentación de El incendiado. Lo escuché con atención; al concluir el evento, me acerqué como uno más de los anónimos que se aproximaron a él y pregunté: ¿Qué significa recrear en literatura? Me miró, sin decir una palabra. Mi estampa de adolescente sin fortuna debió inspirarle desconfianza.


Esta anécdota que revelo por primera vez y que el gran novelista que es hoy Evelio Rosero, estoy seguro, desconoce se suma a un hecho: Al concluir mis estudios de Filosofía y Letras, en la misma universidad, mi tesis de grado se centró en la novela que presentó esa noche, la historia de un obeso que terminó entre llamas.


Desde entonces seguí la pista a este autor que con los años fue madurando hasta consagrarse con obras de mayor envergadura como Los ejércitos y La carroza de Bolívar, las cuales lo llevaron al reconocimiento internacional a través de galardones de primera línea: el Tusquets de Novela en España, el Independent Foreign Fiction Prize en el Reino Unido y el Premio Nacional de Literatura en Colombia. 


Hombre de pocas palabras –incluso lo acoquinan las entrevistas–, es Rosero, sin embargo, vértigo lingüístico cuando se trata de contar historias. El eterno monólogo de LLO, que muchos podrían considerar libro menor, es una manifestación poética de elevados matices cuya ambigüedad hechiza en la trama de su “poema novelado”. Es el virtuosismo de quien nació para la polifonía y la polisemia. La negación de su aparente parquedad en el lenguaje. “Cuando LLO asomó por vez primera a la primera ventana de la tierra, una paloma muerta se dejó caer sobre un planeta y un puñado de arroz sobre la boca de una vieja (…) LLO se hizo dueño de la mejor montaña en el caño pútrido del barrio, la insuperable montaña, una bandera ondeaba en su cima, era de barro la bandera, la montaña era como un seno de la tierra”.


Según Iván Vicente Padilla, profesor de la Universidad Nacional de Colombia, su novelística revela “que entiende el género como una forma de expresión en la que, a través de la ficción, el espíritu crítico del novelista manifiesta sus desacuerdos y antagonismos con todo aquello que afecta su existencia”. La de Rosero es una literatura única, no defiende causas, las exhibe, no es el autor que hace uso de la narrativa para imponer ideas, su postura estética va más allá: revela. Siempre bajo la premisa de escribir bajo el respeto al lenguaje poético y los espacios ficcionales, condiciones primigenias de la gran literatura.

 

Los ejércitos  

 

Considerada una de las mejores novelas colombianas sobre el conflicto armado. En ella no busca impresionar mediante escenas brutales sino mostrar cómo el miedo transforma la vida cotidiana. La escritora Cecilia Caicedo, destaca que las preocupaciones temáticas de Rosero muestran interés por eventos insertos en la vida cotidiana de Colombia. Y ello se ve claramente en Los ejércitos, novela que al lado de Cóndores no entierran todos los días del vallecaucano Gustavo Álvarez Gardeazábal, son voz y testimonio de un país que se desangra incapaz de sanar sus heridas y vislumbrar mejores tiempos.


La intertextualidad es una de las características de Rosero. Así lo destaca Alberto Fonseca en un estudio sobre Los ejércitos. “El texto de Rosero dialoga con textos anteriores que retratan las diferentes contradicciones del proceso modernizador en Colombia. Entre estos sobresale El día señalado de Manuel Mejía Vallejo, que utiliza el ambiente de un pueblo y las peleas de gallos como símbolos del ciclo de violencia y odios que crearon los dos principales partidos políticos en Colombia”.


Al igual que el texto de Mejía Vallejo, la novela explora “el temor de los habitantes, el éxodo de los jóvenes a las ciudades y el progresivo abandono del pueblo”, agrega Fonseca. Pero en Los ejércitos, el horror surge de las desapariciones, los rumores, la incertidumbre, el deterioro gradual de la comunidad. La violencia es una atmósfera y no un acontecimiento. Y ese es quizá uno de sus mayores méritos literarios.

 

La carroza de Bolívar

 

Desmitificadora, en esencia. Es la historia no contada. La que se comenta y se susurra, pero que no hace parte del canon oficial. La carroza de Bolívar se inscribe en una de las tradiciones más fecundas de la novelística latinoamericana: la revisión crítica de la historia. Sin embargo, a diferencia de muchas novelas históricas que reconstruyen el pasado mediante el dato y la erudición, Evelio opta por la sátira, la parodia y el carnaval. Elección estética que resulta fundamental para comprender su alcance literario.


El texto dialoga con los Estudios sobre la vida de Bolívar de Rafael Sañudo, ensayo que en su tiempo desató furias y aplausos por igual. El libro de Rosero obtuvo el Premio Nacional de Novela en Colombia en 2014. Transcurre en Pasto durante los días del Carnaval de Negros y Blancos, una de las fiestas más populares del sur de Colombia. El carnaval que, desde la óptica de Mijaíl Bajtín, es el espacio donde las jerarquías se invierten, las autoridades son ridiculizadas y las verdades ocultas emergen en medio de la risa colectiva.


En ese contexto, la figura de Bolívar deja de ser la hierática estatua que domina los discursos patrióticos para convertirse en un personaje sometido al juicio de la imaginación popular. El protagonista, Justo Pastor Proceso, es un esposo desencantado y un estudioso obsesivo de la historia regional que encarna la lucha entre la memoria individual y el relato dominante. Su empeño por exhibir una carroza satírica sobre Bolívar no responde únicamente a una provocación política; constituye una búsqueda desesperada de verdad.


Es un recuerdo de la llamada Navidad Negra de 1822, cuando el ejército libertador masacró a varios centenares de pastusos. Eso sí, la novela no pretende reemplazar una verdad histórica por otra; su propósito es mostrar que toda construcción heroica implica silencios, exclusiones y olvidos voluntarios. En el plano formal, Rosero despliega una prosa de notable dinamismo. Los diálogos son ágiles, la narración avanza con intensidad dramática y la ciudad de Pasto adquiere una presencia protagónica.


La dimensión más profunda de la novela, sin embargo, no se encuentra en su crítica a Bolívar. Su verdadero alcance radica en la reflexión sobre el mito. Rosero sugiere que toda sociedad necesita héroes, pero también necesita cuestionarlos. Cuando un héroe se vuelve intocable, deja de pertenecer a la historia y entra en el territorio de la sacralidad religiosa. La carroza de Bolívar desafía precisamente esa sacralización y reivindica el derecho de la literatura a formular preguntas incómodas.

 

Sus cuentos

 

En un tomo de sus Cuentos completos –colección andanzas, Tusquets editores, 2019–, se encuentran piezas destacadísimas como Cuento para matar un perro, Como nunca en la vida o La otra muerte de Johan Hughes, pequeños y no tan pequeños textos caracterizados por su precisión y un particular atributo de ambigüedad y lirismo que es muy propio de Rosero.


Sus temáticas varían, el amor, la muerte, el erotismo, pero sobre todo la necesidad implacable de redondear la historia, a veces de cerrarla sobre sí misma, dentro del canon más aceptado en el género: la esfericidad. Jorge Luis Borges decía que, en el caso de un cuento, conocía el principio, el punto de partida, pero también el final, la meta. “Luego tengo que descubrir, mediante mis muy limitados medios qué sucede entre el principio y el fin”. Era su método. No afirmó que Evelio lo siga. La creación es tan íntima que incluso escapa a la comprensión racional. Pero sus cuentos alcanzan una precisión y lucidez casi borgianas.


Fue precisamente el género corto el que primero le abrió la puerta de los premios desde temprana edad; el Nacional de Cuento de la Gobernación del Quindío en 1979 por su relato Ausentes y el Premio Iberoamericano de Libro de Cuentos Netzahualcóyotl en México, en 1982, por un conjunto de relatos, reconocimientos que fueron el preludio de una obra que pronto lo convertiría en una de las figuras más destacas de la literatura contemporánea.       

 

La entrevista

 

No se sentía cómodo repitiendo en la radio lo que, según él, estaba cansado de expresar en diferentes medios, quizá porque este diálogo se da en los días cuando se desarrolla la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Me pregunta si estaré presente. Le digo que no. Que estoy en el sur, en esa tierra que no le es indiferente a su creación literaria. Que quizá, después.


El diálogo se estableció, entonces, a través de un cuestionario y las respuestas del autor de Toño Ciruelo, Los almuerzos, Juliana los mira, Mateo solo, Plegaria por un Papa envenenado, son claras y precisas. Al final, invita a una fuga amorosa como alternativa ante la escritura literaria. El humor fino es otra de las características del colombiano.  

 

Evelio. ¿En qué momento sintió que la escritura dejó de ser una inquietud y se convirtió en una necesidad vital? 

 

Desde niño. Seguramente después de la lectura del Robinson Crusoe. Descubrí que yo también quería escribir libros como esos. Fue como una iluminación, y, a continuación, el sosiego: ya sabía para qué diablos me encontraba en el mundo.

 

¿Qué autores o lecturas marcaron de manera decisiva su formación literaria? 

 

De niño el ya mencionado Robinson Crusoe, una Enciclopedia de la Fábula, todo Julio Verne, Stevenson, Kipling; después Homero, el Quijote, todo Poe, García Márquez, Rivera, Isaacs, Víctor Hugo, Flaubert, Balzac, Conrad, y sobre todo los grandes escritores rusos del siglo XIX.

 

¿Cómo influyó su infancia y su entorno en la construcción de su imaginario narrativo? 

 

La infancia es definitiva para cualquier autor. La mía transcurrió en Bogotá y Pasto; las dos ciudades, tan opuestas, determinaron ese “imaginario narrativo”. Fueron dos grandes e indelebles experiencias.

 

La violencia es un eje recurrente. ¿Es ella una elección estética, ética o es inevitablemente el reflejo del contexto colombiano? 

 

Es mi país.

 

En novelas como Los ejércitos, la mirada del narrador es profundamente humana y vulnerable. ¿Cómo construye esa voz? 

 

Todas las voces las construyo a partir de la temática de la obra, a partir de lo que esa temática me afecta, a partir de mi vida y mi memoria. No es una elección de voz voluntaria, planeada. Inciden la intuición, los sueños, pero también la cotidianidad.

 

¿Cómo es su rutina de escritura? ¿Es disciplinado o trabaja por impulsos? 

 

Ambas cosas. A veces se requiere una gran disciplina, a veces eso que usted llama los impulsos, que son como recreos, pero que desembocan otra vez en jornadas diarias de trabajo, sobre todo en la madrugada, de 3 a 6, que es cuando enfrento la hoja en blanco. Lo importante es no imponerse cadenas. Se escribe para ser más libre. Sufro, pero también suelo reír.

 

¿Qué tanto reescribe sus textos antes de considerarlos terminados? 

 

Mucho. Soy un escritor que escribe palabra por palabra, frase por frase. Y eso no garantiza el resultado, pero es mi manera de escribir. Voy y vuelvo, voy y vuelvo hasta llegar al punto final.

 

¿Siente una evolución como escritor desde novelas como “El incendiado” a “Los ejércitos”? 

 

Sí, por supuesto. Pero en las novelas primerizas yo era un escritor feliz. Quiero decir que no dudaba tanto. La espontaneidad le ganaba a la minuciosidad.

 

¿Cómo ve el panorama actual de la literatura colombiana? 

 

Ya he dicho que lo veo color de hormiga.

 

¿Piensa en el lector mientras escribe o prefiere mantener distancia de esa figura? 

 

A veces pienso en determinados lectores, amigos, parientes o conocidos, y siento que les hago guiños de entendimiento. Pero en el resto de lectores, los desconocidos, no pienso. Mi compromiso con ellos es mi compromiso con la literatura.

 

¿Qué libro suyo siente más cercano a su experiencia personal? 

 

Los Escapados. Es una novela autobiográfica a plenitud. Y también El Incendiado.

 

¿Hay temas que aún no ha explorado y que le interesaría abordar? 

 

He explorado y desarrollado muchos temas. Me gustaría ahondar en la ciencia ficción y en el humor total.

 

¿Qué le sigue inquietando como escritor hoy? 

 

Mi país. Estos presidentes, estos comandantes, estos ladrones, estos fanáticos, estos mentirosos. Y, en medio de todo, este baile, esta alegría, este fútbol, esta felicidad desmesurada. Estos muertos a la fuerza y estos vivos indiferentes.

 

¿Qué consejo daría a quienes intentan escribir desde contextos marcados por la violencia o experiencias diferentes?

 

Que se fuguen con la novia de paseo.

 

Referencias:

 

Caicedo Jurado, Cecilia (2013). La obra de Evelio Rosero y la reinscripción de la historia. Ponencia en el Coloquio Internacional de Literatura Hispanoamericana y sus valores en la Universidad de la Sorbona, Paris, Francia.

 

Fonseca, Alberto (2017). “Ahora nos toca a nosotros”: Fantasmas y violencia en Los ejércitos. Evelio Rosero y los ciclos de la creación literaria. Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá.

 

Padilla Chasing, Iván Vicente (2017). La carroza de Bolívar: entre la verdad histórica y la verdad novelesca. Evelio Rosero y los ciclos de la creación literaria. Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá.

 

Rosero, Evelio José (1981). El eterno monólogo de LLO. Ediciones Testimonio. San Juan de Pasto, Colombia.  

 

 
 
 

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