“Puedo pasar horas con un pincel en la mano y para mí esas horas son un tesoro”: Magda Torres Gurza


Magda Torres Gurza (Ciudad de México, 1974) es una pintora que reconoce en Salvador Dalí y Remedios Varo algunos de sus referentes. Como quiera, las estéticas del surrealismo y el hiperrealismo le resultan conocidas y aparecen a lo largo de su obra. Especialmente esta última que le permitió alcanzar una calidad en su lenguaje pictórico que resulta excepcional.
Con múltiples premios entre los que se destacan el primer lugar mundial, Amérique Latín Art Competition, en París, Francia, o el Pieza del mes, Museo Torres Bicentenario, en Toluca, México, durante su trayectoria formó parte de diferentes muestras individuales y colectivas en España, Holanda, República Dominicana y su país natal.
En el mundo del arte, las referencias académicas contextualizan la importancia de una obra. La de Torres Gurza aparece en trabajos dedicados al hiperrealismo. Un caso particular es la tesis doctoral Kunstwollen: A Contemporary View – Local, Global, Transcultural, de Mohsen Veysi, sustentada en la Università degli Studi di Modena e Reggio Emilia. En dicho trabajo, uno de sus cuadros, La hora del té, alimenta el análisis de la relación entre el fotorrealismo, el hiperrealismo y el empleo de fotografías digitales de alta resolución como recursos para la construcción pictórica.
Los estudios no se limitan a Italia. Un trabajo de titulación de la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura del Instituto Politécnico Nacional de México, Hotel Boutique “Sendero Dorado”, incluye también La hora del té, como ejemplo de una estética elevada en el apartado dedicado al hiperrealismo.
En esta entrevista, la artista mexicana manifiesta que el arte debe ser honesto, que jamás se debe pintar pensando en volverse famoso o ganar dinero y que entre pinceles se siente en su espacio vital. Su voz es el testimonio íntimo de la manera cómo llegó a la pintura. Habla de su madre quien también fue pintora y dirigió talleres, lo cual es un dato de vital importancia.

Usted creció rodeada de arte. ¿En qué momento dejó de considerar la pintura como una actividad heredada de su entorno familiar y la asumió como una necesidad personal?
Cuando llegamos a vivir a Cuernavaca, mi madre empezó a dar clases a algunos alumnos importantes como la hija del gobernador. En la primera semana tuvo cinco o seis alumnos y, cuando cumplimos dos meses de residencia, llegó a tener más de 200. Entonces dijo: ‘¡Ay, Magdita, ayúdame con los niños porque hoy llegaron muchos!’. Y así empecé a dar clases a los más pequeños de su academia, a pesar de que yo tenía once años. ‘Mamá, yo no sé pintar, ¿cómo te voy a ayudar?’. Me contestó: ‘Pues mira, tú tienes 11 años, estos niños tienen 4, obviamente sabes más que ellos’. Y eso se volvió normal, aunque ni siquiera pensaba dedicarme a la pintura; yo de hecho iba a estudiar psicología, entré incluso al Propedéutico de Psicología. Pero, fíjate, a los 18 años tuve un accidente jugando squash, en el cual estuve a punto de perder el ojo derecho, tuve un coágulo y la cirugía se programó justo para el día de mi cumpleaños; yo nací un 10 de mayo –el Día de las Madres aquí en México–. Me iban a sacar el ojo. La noche anterior hablé con Dios. Le pedí que conservara mi vista: ‘Como regalo de cumpleaños’. Eso dije. Al día siguiente, llegué al hospital y recuperé la visión. Siempre lo he vivido como un milagro. Entonces abandoné la psicología y entré a estudiar Artes Plásticas, porque cuando estaba en el proceso de mi operación dije: ‘Dios. Si me das mi ojo, yo lo voy a usar mucho’. Estudié óptica para entender qué había pasado, para entender cómo vemos y también fotografía. Creo que ahí entendí que la pintura, no era solo algo que se podía heredar, sino algo que le daba significado a mi vida.

¿Cómo conviven actualmente las dos tendencias estéticas con las cuales se le identifica: el hiperrealismo y cierta tendencia al surrealismo?
Mis pintores favoritos siempre han sido Dalí y Remedios Varo y, durante mucho tiempo, yo pinté surrealismo: de los 18 hasta los 25 años más o menos. Después me fui hacia el hiperrealismo, pero esa parte del surrealismo nunca se fue. Todavía está en algunos cuadros. Por otro lado, siempre tengo un destello de luz que se volvió como mi firma visual. Quizá sea el destello que vi, primero, cuando recuperé la vista. Aunque también acudo a símbolos ocultos. Por ejemplo, me encanta platicar con coleccionistas, trato de conocerlos lo más posible, saber su historia, qué recuerdos tienen, qué cosas son importantes para ellos y de ahí saco los símbolos. Entonces ellos también terminan siendo parte de la creación porque van explicando lo que quieren ver. Fechas, aniversarios, nombres, aspectos importantes.

¿Qué desea que el espectador experimente cuando contempla una de sus obras?
Que la gente vea el cuadro y diga guau. Que si tú tienes una obra mía en tu casa lleguen las visitas y digan guau. Pero lo más importante es que después se acerquen, se pregunten cómo hicieron eso, que se detengan y quieran seguir viendo, que encuentren algo más. Al principio, cuando cambié del surrealismo al hiperrealismo, me preocupaba mucho hasta dónde podría llegar técnicamente. Y la técnica me sigue importando mucho: me gusta ser detallista, me importa lo que estoy contando, qué hago sentir o qué tiene que ver una pintura con la historia de la persona que la ve o la tiene colgada.
En una época dominada por la fotografía y las imágenes digitales, ¿cuál es la importancia de llevar a la pintura una imagen con un nivel de precisión como el que usted trabaja?
Me encanta esa pregunta. Mucha gente me la hace también. Fíjate que para mí la pintura puede ir más allá de una fotografía y muchos piensan, no, eso es imposible. Pero sí. Porque puedo cambiar cosas, puedo jugar con la luz, agregar texturas y relieves a los que las fotografías no tienen acceso y también puedo hacer que la imagen tenga otra presencia. A mí no me interesa copiar una fotografía: es solo el punto de partida. Después yo hago con ella lo que quiero, pongo detalles escondidos. Hay una obra que marcó mucho mi carrera: La hora del té. Ahí descubrí cuánto me gusta pintar los reflejos sobre el metal o cómo se deforma un poco la imagen en el reflejo del metal. Con el tiempo, esa obra terminó apareciendo como imagen de referencia de la estética hiperrealista. Por supuesto, yo le tengo a ese cuadro muchísimo cariño.

Profundicemos en la luz. ¿Es un elemento narrativo o incluso una forma de hablar de la existencia humana? ¿Cuál es la idea?
La luz tiene un significado muy personal. Para mí representa vida, esperanza, salud, una segunda oportunidad y creo que por eso aparece tanto en mis cuadros. De alguna manera, pintar la luz es como agradecer que todavía puedo ver.
Al empezar una obra, ¿parte de una imagen concreta, un objeto, una emoción? ¿El origen de un cuadro?
Después de tantos años –porque la verdad tengo muchos años pintando–, pienso que las obras surgen de diferentes maneras: puede ser un reflejo, una textura, un estado emocional. Las pinturas que les hice a mis hijos, de juguetes. Aunque cuento con una regla. Generalmente pinto cosas que yo colgaría en la sala de mi casa. Si voy a pintar un cuadro, digo, ¿lo colgaría? Si me gusta lo pinto, pero si digo no lo colgaría, de plano no lo pinto porque deseo que mis cuadros tengan presencia, que quieras ponerlos en un lugar importante y verlos todos los días. Los cuadros que realizo terminan en salas de coleccionistas, en la recámara, arriba de su cabecera. A veces pinto por encargo, pero cuando me hacen un encargo, yo platico con el cliente y muchas veces salen cosas más interesantes, incluso, que la idea original.

¿Cuánto tiempo puede permanecer una obra en su mente antes de convertirse en una imagen sobre el lienzo?
Cada cuadro tiene un proceso. A veces es inmediato, tengo una urgencia de pintarlo. A veces no. Y hay ideas que se quedan ahí hasta que encuentro la manera de plasmarlas. Para mí el tiempo es muy importante. Creo que le da valor a una obra. Dos artistas pueden tener los mismos materiales, los mismos conocimientos, todo igual. Y uno puede hacer una obra excelente, de arte puro; el otro, no. La diferencia está en cuánto tiempo se le dedica a la obra. Por eso me gusta que, cuando algo está terminado, agregar un destello, un símbolo, un detalle. Luces que muchas veces ni siquiera las tenía en la mente, en el proceso o en la idea inicial.
¿Cuál considera que debería ser el papel del artista frente a los problemas sociales de su tiempo?
Cada artista tiene que hablar de lo que realmente le mueve. Hay artistas cuya obra tiene un contenido social muy fuerte y está bien. Pero no creo que eso tenga que ser una obligación. Dicen que el arte tiene que mover, tiene que cambiar las cosas y no. Pienso que pintas porque ese es el tema que traes en tu cabeza, porque crees que es lo que deberías decir. Y el arte tiene que ser muy honesto. Cuando estás triste o alegre se ve reflejado en el cuadro. Los motivos que se eligen para pintar no necesariamente tienen que ser un contenido que va a cambiar el mundo. Cada cuadro que pintas cambia tu mundo.

En lo personal. ¿Qué significa para usted desarrollar una trayectoria artística como mujer en el contexto del arte mexicano?
En algunas exposiciones me he sentido muy consentida. Porque, fíjate, que casualmente la mayoría de los hiperrealistas son hombres y nunca, nunca he querido pensar demasiado en que soy una mujer. Yo soy pintora, nada más. Tuve una exposición con Omar Ortiz, Sergio Garbal. Ellos generalmente pintan mujeres. Y algunos con poca ropa. Con telas muy bonitas. Esa exposición tuvo lugar en el Museo Torres Bicentenario, donde ellos y los museógrafos y todos los demás me consentían por ser la única mujer. Te cargan los cuadros. Apoyan el montaje. Eso no estorba. Al contrario, ayuda.
Un consejo para quienes aspiran a desarrollar una carrera artística como la suya.
Que no pinten pensando en volverse famosos o ganar dinero, porque eso se nota. Primero hay que aprender y practicar muchísimo. Les recomendaría que encuentren qué es lo que realmente les gusta pintar. Eso es lo más importante. Y, sobre todo, disfrutarlo. Yo puedo pasar horas y horas con un pincel en la mano y para mí esas horas son un tesoro porque la paso muy bien.



