• Albeiro Arciniegas Mejía

GUSTAVO ÁLVAREZ GARDEAZÁBAL



VIAJE A LA CASA DE UN GIGANTE QUE VIVE ENTRE NOSTALGIAS


“El Porce” es una finca ubicada en la vía a Roldanillo, a orillas del río Cauca, a pocos kilómetros de la ciudad de Tuluá. Es la casa de Gustavo Álvarez Gardeazábal, una especie de paraíso tropical con centenares de gansos y perros y matorrales exuberantes y jardines esmeradamente cuidados. La ecología es el principio que determina la arquitectura de sus espacios vitales. Su casa de techo verde (no por efecto de la brocha de un pintor, sino por la vegetación abundante que crece sobre él) se funde en el paisaje como la vivienda de un gnomo en un cuento del imaginario popular. Allí llegué con mi familia. Álvarez Gardeazábal el escritor de merecida fama, el periodista de un paso brillante por ‘La Luciérnaga’ de Caracol Radio al lado de Hernán Peláez Restrepo, el político irreverente que alguna vez dijo que al Valle del Cauca no lo iba a gobernar con el culo, sino con la cabeza, el inefable y generoso amigo salió de una puerta con su sonrisa de siempre para decirme bienvenido; lo miré a los ojos y me di cuenta que había pasado el tiempo, pero que seguía siendo el tipo fresco y ameno que conocí hace algunos años. Me invitó a una copa que rechacé y optamos por un jugo de frutas, mientras nos sentamos a dialogar de historia, política y literatura y, por supuesto, nuevos libros.

La finca la heredó de su padre quien la adquirió hacia 1944, él fue secando una serie de lagunas hasta ocupar una importante extensión. Eso sí, la proximidad al Cauca, en el año 2011, cuando el invierno ocasionó desbordamientos inusuales hizo que las aguas alcanzaran a llegar hasta la casa del escritor y la inundaran. Vestido de camisa blanca manga corta y un pantalón vinotinto, conserva su estilo deportivo, sufre de hiperacucia (alteración auditiva que lo fastidia por la sonoridad en uno de sus oídos), se sienta en una silla para mantener una larga conversación conmigo y pronto se convierte en una descarga de palabras e historias que comienzan por hablar del pueblo paisa y la región costeña hasta llegar a las tierras de Nariño.

En este viaje a su morada, como dije, acompañado de mi familia (mi esposa con una gran curiosidad por conocer a uno de los grandes) y mis niños que comenzaron a jugar con la anuencia del novelista que escribió ‘El bazar de los idiotas’ y ‘El Divino’, un hombre de hablar pausado y firme con presencia de arzobispo retirado que una de las primeras frases que soltó con sello de escándalo es que Gustavo Petro a él le parecía una mala persona, una mierda, para ser exactos, pero que afortunadamente el país ya conocía de sus propósitos y abordamos el tema de Hidroituango y los potenciales fracasos de la ingeniería paisa y sí, de Uribe y el nuevo presidente. En ese momento decidí grabar la conversación y ‘encarretarlo’ de esta forma:


Hablemos del proceso de paz, sí, el proceso del ex presidente Juan Manuel Santos. ¿Qué opinión le merece?


-Este es un país que ha vivido y se ha hecho pegando los ladrillos de su presunta democracia a base de guerras y armisticios. ¿Cuántas guerras se han librado desde que se logró la independencia en 1819? ¿Cuántos armisticios hemos firmado? ¿Y cuántos pactos de paz? A lo largo de la historia nos la hemos pasado en eso y, si lo veo desde otro ángulo, ¿cuántos pactos de paz hemos roto? Estamos condenados a vivir haciendo acuerdos de paz para romperlos por parte de cualquiera de los actores que los firmen. Y, en esas condiciones, ¿mire a dónde vamos? Cada vez nos acercamos más a un recrudecimiento de una guerra que, por estos dos años que hemos estado sin ella, hemos notado que sí funciona, que sí sirve. Claro, siempre los periodos de tregua sirven también para que los contendores se vuelvan a armar. Las únicas guerras que no reverdecen son aquellas en las cuales la mano militar se impone y arrasa al contrincante y aquí nosotros no hemos hecho nunca eso, ni siquiera en la Guerra de los Mil Días. El Partido Liberal quedó vuelto añicos, fueron y sacaron a Rafael Uribe Uribe para llevarlo al congreso y después matarlo. Este es un país repetido y que no le gusta aprender de los errores.


¿Se justifica el Premio Nobel de Paz para el ex presidente Juan Manuel Santos?


-Eso hace parte de unas arandelas mediáticas que ese señor buscó a toda costa y con todas las inherencias posibles. Aunque, por supuesto, poder sentar a los señores de las FARC a negociar lo que negociaron, sea bueno o sea malo, sea cumplible o no cumplible, ya era una hazaña.


¿Por qué el ex presidente Uribe, después de negociar con el paramilitarismo, los cabecillas de estos terminan en la cárcel y con la guerrilla en el proceso Santos no sucedió lo mismo?


-Por una razón. Porque Álvaro Uribe no pretendió hacer la paz con todos, sino con quienes mejor se entendía que eran la civilización narco antioqueña, los paracos. Santos cayó en el mismo error, no quiso hacer la paz con todos pudiendo haberla hecho, porque habría podido llevar a Uribe, de quien había sido su Ministro de Defensa y que ayudó a arrinconar a las FARC, a la mesa de conversaciones; nunca quiso nombrar a los uribistas en la mesa de los guerrilleros y habría podido darse una amplia discusión y habríamos tenido algo diferente. Entonces, Santos no hizo la paz con todos y por eso estamos hoy divididos, la mitad del país apoya a que vuelva la guerra y la otra mitad apoya a que siga la paz, pero ninguno de los dos sabe exactamente que es la una cosa y que es la otra. De la guerra sabemos los que hemos vivido en zonas de guerra, los que hemos tenido que huir a media noche, los que hemos tenido que abandonar esta finca, como la abandonamos en 1949 por año y medio para poder volver a ella, los que hemos vivido en Tuluá, en el Tuluá de mis Cóndores.


Hablemos un poco de liderazgos, ¿cuál le parece un liderazgo fuerte en el país?


-Ya ensayamos a Uribe y ya vimos qué puede hacer Uribe. Uribe hizo un gobierno anti Bogotá que ese, probablemente, sea el error que históricamente le van a cobrar. Fue fundamentalmente antibogotano, Uribe nunca fue a un coctel en Bogotá, durante los ocho años que estuvo de presidente, sólo fue a un restaurante bogotano y entró corriendo porque creyó que le iban a cobrar; él es Vélez y todos los Vélez son avaros. No hemos ensayado a Petro, solamente tuvimos el gobierno de Petro en Bogotá y vimos que éste es tanto o más dictador en sus medidas gubernativas como lo pudo haber sido Uribe; Petro es tan absolutista como lo pretende ser Uribe con su estilo de “yo mando y ustedes votan por el que yo diga”.


Desde su punto de vista, ¿Gustavo Petro tiene una mentalidad cercana a Hugo Chaves y Nicolás Maduro?


-Por supuesto. (Lo reitera) Por supuesto, hace cien años el mundo estaba revolcado porque había llegado el comunismo, pero el comunismo llegó de los brazos de Lenin, el verdadero gestor del comunismo fue Lenin y el que lo sostuvo fue Stalin. Petro es leninista, fundamentalmente leninista; las organizaciones populares que él hizo en la alcaldía de Bogotá para defenderse y llenar las plazas, es porque cree en el principio de Lenin de que el pueblo está por encima de la ley, que las leyes pueden ser irrespetadas por el pueblo. Eso mismo es lo que finalmente hicieron los maduros y los chaves adaptando el comunismo cubano, que ese si era marxista. Entonces, el punto de contacto fue esa formación leninista, pero ya hemos visto el fracaso económico de esa política en Venezuela y hemos visto el fracaso político, al cual puede llegar Petro, si sigue agrietando más al país.


En dónde radica el poder de Álvaro Uribe Vélez, obviamente no son grupos armados como de manera chabacana argumentan sus contradictores, hay algo más, ¿cuáles son esos factores?


-Primero, que Álvaro Uribe Vélez no lee, es intuitivo; en su casa la que lee es su esposa Lina. Segundo, que Álvaro Uribe pertenece a la civilización paisa, a la ley del avispado y la sabe manejar a perfección. Tercero, que como tal es un emprendedor nato y siempre está tratando de ganar la partida, por eso los momentos más terribles para él han sido cuando pierde. Cuando así ocurrió con el referendo, se perdió ocho días porque hay gente que no sabe perder. Ese ancestro paisa ha convencido a la mitad del país; los últimos 16 años han girado alrededor de Uribe y, seguramente, girarán otros 16, como se ven las cosas.


Con relación a Gustavo Petro, ¿qué visión tiene de este tipo de liderazgo en el país?


-Como buen leninista, repito, parte de la base que, sólo sembrando odio, sólo marcando la diferencia y el arrasamiento se le puede tener miedo y se le puede respetar. Allí está la diferencia y como lo hace de frente y lo dice en su lenguaje y no lo esconde, eso le genera un grado de peligrosidad que los colombianos ya identificaron. Él se está engañando a si mismo porque las circunstancias por las cuales fue catapultado con votos, no se vuelven a repetir tan fácilmente. Fue un momento donde no apareció el otro; los candidatos presidenciales que se presentaron en esta oportunidad no eran los que el país necesitaba.


Pero, entonces, ¿qué sucede con los líderes de izquierda? ¿Cuáles son sus posibilidades?


-Es evidente que, en Camilo Romero, el Gobernador de Nariño, y en Jorge Iván Ospina, que fue alcalde de Cali, la izquierda civilizada tendrá una posibilidad en el sentido de que el país debe modificar sus privilegios, debe modificar sus roscas, sin correr el peligro de cambiar una rosca por otra.


¿Y la derecha?


En el caso de la derecha no es fácil percibir una figura, me parece que quien estaba pintando con carácter positivo era David Valdír, que ahora resultó ser el senador conservador más votado, pero no fue capaz de presentar su nombre a consideración en la convención hace dos años, que habría podido liberar la carga. Existe digamos dentro de la centro derecha la posibilidad de que aparezca algún otro joven que se esté abriendo campo, pero no lo ve uno ni en los alcaldes ni en los gobernadores.


Y Sergio Fajardo, ¿dónde queda?


-En el mismo sitio donde le ha gustado estar: donde no le toque tomar una decisión ni pueda hacer nada. Es que él es indeciso eternamente. Y además a tolerado un poco de situaciones que donde sean visibles, por ejemplo, alrededor de EPM y de Hidroituango (la hidroeléctrica que presento fallas hace algunos meses), le va a quedar muy difícil explicarle al país porque accedió a que esas cosas ocurrieran.


Finalmente, ¿el presidente Iván Duque?


-Es joven y preparado, no sé hasta qué punto para ser presidente. Tocará esperar.


En un campo más agradable que los avatares de la política, en la literatura que ennoblece la imaginación, ¿qué tanto ha escrito en los últimos años?


-Uno escribe obras geniales cuando es joven, en la madurez uno no escribe grandes obras, habrá algunas excepciones, claro, pero no creo que yo lo vaya a hacer. He escrito novelas de éxito, pero el mundo literario ha cambiado muchísimo en 50 años, cuando yo saqué ‘Cóndores’, esa obra quedó como una institución nacional, por eso en mi tumba el único epitafio será ‘Cóndores no entierran todos los días’. Ese efecto de ‘Cóndores’, indudablemente, me abrió un nicho en el recuerdo de la literatura porque fui capaz de sobreponerme a lo que significaba el tsunami de ‘Cien años de soledad’ de García Márquez. No sé al final de la vida quién termine siendo más leído, pero no hay la menor duda que yo competí en otros espacios. Publiqué hace unos años dos libros, uno ‘El resucitado’, sobre la zona del Dobio, en el cañón de Garrapatas, para mostrar la evolución del narcotráfico y otro, ‘La misa ha terminado’, que fue una novela de muchísimo éxito.


Un libro de cuentos, ‘La soledad también se hereda’, ¿qué temáticas aborda y cuál es su escenario?


-Son cuentos escritos a lo largo de muchos años, sobre muchas cosas; en casi todas mis obras el escenario es Tuluá, salvo en ‘El titiritero’, que es Cali y la revolución estudiantil de 1971, ahora la están estudiando mucho, han venido de la Universidad de Los Andes de la Facultad de Ciencias Políticas a estudiar esa novela y lo que ella significa como recuento histórico, también vinieron de la Universidad del Valle, la novela transcurre en buena parte en esa universidad. De igual manera ocurre con estudiantes de la Universidad del Tolima que están haciendo un análisis similar, lo que indica que ‘El titiritero’, cuarenta años después, se sigue abriendo campo.


¿Su novela ‘El divino’?


-‘El divino’ –ah, por estos días acaban de pasar nuevamente la telenovela–, es la primera obra en donde el narcotráfico aparece en Colombia enfrentado al Divino Ecce Homo en un pueblito que queda aquí cerca que se llama Ricaurte, de donde me echaron también como me han echado de toda parte: de los periódicos me echaron, de ‘La Luciérnaga’ me echaron, de Ricaurte me echaron, del cementerio libre de Circasia donde hice 35 años propaganda de que me enterraran parado, allí en el Quindío, el año pasado me echaron. ¡Al único muerto que lo echan antes de enterrarlo! Yo soy una eterna piedra en el zapato. En la literatura ni se diga, como yo no fui marxista cuando había que ser marxista para que lo aplaudieran a uno en Europa, como yo no me fui a lavar platos a París para decir que había estado allá, haciendo algo, como yo no fui a Bogotá a claudicar ante los que manejaban los suplementos literarios de los periódicos para decir quién era, sino que yo me hice en el Valle y después en Pasto, yo me hice en la provincia y no he salido de la provincia, el camino mío ha sido distinto. A Pasto le debo muchas cosas buenas, a tu tierra.


¿Amigos de la literatura?


-Yo no he mantenido nexos fuertes en el nivel literario, primero, porque no me ayudaron, sino que me combatieron y, después, porque yo me hice por mí mismo, por mi propio esfuerzo. Pero conservo cierta relación y admiración por Fernando Cruz Kronfly, con quien de vez en cuando nos carteamos, con Harold Alvarado Tenorio con quien nos graduamos juntos en la Universidad del Valle en 1970. Me encontré después de muchos años y, por eso volví a Pitalito, con Isaías Peña Gutiérrez, a quien yo públicamente quería rendir un homenaje, porque él sí me apoyó, porque era tan provinciano como yo, y tenía contactos con magazines literarios desde donde estimulaba la escritura.


¿Con Fernando Vallejo?


-Lo visité en México hace muchos años cuando saqué ‘El último gamonal’ en ese país. Y tuvo la amabilidad de invitarme el día que fui a presentar ‘La misa ha terminado’ a Medellín, él estaba en la ciudad y me invitó a su casa a una comida inolvidable que terminó con él tocando piano y echando historia.


De los nuevos escritores, ¿a quién destacaría?


-Hay uno muy bueno, Daniel Ferreira, escribe muy bien y cada vez mejor, creo que allí hay futuro. Y ese muchacho Muñoz (Andrés Mauricio), me parece que es un escritor de carrera. Recuerde que nosotros en este país no fuimos escritores de carrera, yo tuve que trabajar de profesor universitario durante muchos años y hasta vender cebolla cabezona para poder vivir. Y eso hace más difícil la labor de la escritura.


¿Y Juan Gabriel Vásquez?


-No escribe mal, pero es más un subproducto literario y no tiene una novela sobresaliente, porque uno puede escribir mal y desarreglado como escribo yo, pero hay una o dos novelas sobresalientes que son mencionadas y estudiadas; en el caso de él, no se ve nada. Además, porque este tipo de escritores son fruto de una generación cuando las editoriales se volvieron monopolistas. Por eso hay tantos autores, pero cada día menos lectores.


¿Y la poesía?


La poesía la mandaron a recoger desde cuando llegó la fotografía y se demoró casi 200 años en morir; yo, por eso, ayudo económicamente a la revista ‘Luna Nueva’, la del poeta Omar Ortiz que sigue saliendo. La poesía perdió su capacidad de comunicación.


De viajes y nostalgias. Hablamos de lo terreno y lo divino. A veces, Lina, mi hija, observaba con ojos curiosos quizá sin entender que estaba ante uno de los hombres más controvertidos y directos y sin pelos en la lengua que ha nacido en este país. Claro que también hablamos de cuando fue Gobernador del Valle y su paso por la cárcel, de orquídeas y la belleza de su finca. De los 200 gansos que habitan en sus lares. ¿Despedirse? Uno jamás se despide de quienes son espíritu y lenguaje. Gabriel Alejandro, mi hijo, recibió un regalo personal. Tuve nostalgia al abandonar “El Porce”, son de esos encuentros que uno no quisiera que terminen. Eso le dije a mi señora. Su chofer personal nos retornó a Tuluá. Me prometí que volvería.


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