Alejandro Brito: el venezolano que revoluciona el hiperrealismo pictórico
- Albeiro Arciniegas Mejía

- 24 ago 2025
- 3 Min. de lectura

El artista plástico Alejandro Brito nació en Caracas en 1984 y transitó un camino poco convencional en la consolidación de su carrera. “Yo pintaba desde niño”, dice quien pasó por la academia militar de su país –allí le llamarían el cadete pintor–, pero fue apenas un breve desvío de su verdadera vocación, pues su destino estaba marcado por el manejo del color y no por la adusta seriedad de los uniformes.
En Brito su relación con el arte no es el resultado de una decisión racional, sino de un llamado visceral y muy profundo. Siempre se sintió fascinado por la realidad y la posibilidad de llevarla al lienzo con una exactitud casi obsesiva. “Quise plasmar lo que veía. Me presionaba mucho por replicar los colores, las texturas, la belleza de la realidad tal como es”.
Su estilo radicalmente figurativo e hiperrealista para ser exactos –tendencia estética que busca la reproducción extrema y detallada de la realidad–, es el vehículo a través del cual explora su sensibilidad creadora. Desde lápices y crayones hasta aerografía, técnica que descubrió a los 15 años y con la que sorprendió en un concurso nacional de retratos dedicado al maestro Simón Rodríguez, su inquietud por los materiales y la técnica es constante.
En su formación, Alejandro Brito tuvo múltiples faros. Uno de los más significativos es Arturo Michelena, símbolo del realismo decimonónico venezolano, cuya obra lo marcó profundamente. De él aprendió que la excelencia técnica puede ser alcanzada incluso a temprana edad, si hay pasión y disciplina.
Brito menciona también a Carlos Cruz-Diez, artista reconocido dentro del movimiento de arte cinético y al hiperrealista colombiano Walter Zuluaga, a quien más tarde tuvo el privilegio de conocer personalmente. En México, se suma a esa pléyade de referentes, Omar Ortiz con su dominio del cuerpo humano y una plasticidad que roza lo escultórico.
Claro que la influencia más determinante vino de Patricia Rizzo, su maestra en la academia de pintura realista en Caracas. “Cuando el alumno está listo, aparece el maestro”, dice con gratitud y satisfacción. Rizzo no solo le enseñó la técnica, sino que encarnó para él la posibilidad de una vida dedicada al arte, pese a no haber sido esa la elección profesional inicial. “Una mujer con una historia muy similar a la mía, que convirtió su vocación en un proyecto de vida viable”.
En la actualidad, Alejandro Brito se encuentra en un punto de inflexión. Si su obra pictórica es hasta ahora una exploración exhaustiva de las formas y el color, su mirada se dirige hacia un nuevo territorio: la escultura. “Siento que es el siguiente paso. Me inquieta mucho pasar del lienzo a la tercera dimensión”, afirma.
Ese tránsito no es sólo formal. Para Brito, la escultura es también un puente hacia lo público. Desea que su obra deje de ser un objeto íntimo, confinado a salones privados o galerías y se convierta en una experiencia accesible, colectiva. El arte debe dejar de ser exclusivo y pasar a un plano más amplio y que se abra a la mirada de todos.
Sus modelos, en ese campo, son Miguel Ángel y Bernini, con obras que desafían el tiempo y la técnica: El David, El rapto de Proserpina. Pero su búsqueda no es un simple tributo al pasado. Está evaluando también los lenguajes digitales, como el modelado en 3D, para integrar nuevas formas de producción que le permitan perfeccionar su estética y ampliar el impacto de sus obras.
Un artista que persiste
Con cada pincelada, Alejandro Brito parece repetir una premisa: el arte no se elige, se vive y se lleva en el espíritu. Y, así, su historia es la de un venezolano que no necesitó romper con su pasado para abrazar su vocación, sino que lo integró como parte de su sensibilidad. Desde la infancia o la rigidez de la escuela militar y, aún desde la sorpresa de los primeros premios y reconocimientos, su propuesta se sintetiza en una forma de fidelidad con el mundo que le rodea, pero visto con los ojos de la poesía trasvasada en el color.
En tiempos en que el arte parece relegado por la velocidad y la fatiga que impone la vida contemporánea, Brito defiende la belleza de lo técnicamente impecable, de ese detalle tan difícil de captar por lo preciso y la paciencia que involucra. Quizá su apuesta siga siendo una forma de resistencia: la de quien cree que la realidad bien mirada y bien recreada es uno de los mayores motivos para desarrollar su vocación. Éxitos eternos al gran maestro del color Alejandro Brito.






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