Roberto Mamani Mamani, el llevador de colores
- Albeiro Arciniegas Mejía

- hace 3 días
- 6 Min. de lectura

“Toda la energía de los Andes, toda la energía de la Pachamama”, dice al iniciar la conversación como si se tratara de una invocación espiritual. Y más que desde la experiencia personal, habla desde un tiempo más largo, casi geológico, donde el arte no es una disciplina sino una continuidad de la vida.
De origen aimara, Roberto Mamani es uno de los artistas bolivianos más reconocidos a nivel internacional. Su obra –inconfundible por la intensidad del color y la presencia simbólica de la cosmovisión andina– no se entiende sin la herencia ancestral que él reivindica con una frase que podría resultar provocadora: “Ustedes son centenarios; yo soy milenario”.
La afirmación no es retórica. Para Mamani, el arte indígena no empieza con la República ni con los estados nacionales. “Nuestras culturas tienen más de cuatro mil, cinco mil años de venir dejando códigos, símbolos, color”. En tal sentido, su pintura es una respuesta social e histórica, una voz que reivindica su propia cultura, un aimara que pinta a los aimaras desde la entraña misma de su mundo.
Con múltiples premios a nivel internacional, Roberto fue invitado por el gobierno de los Estados Unidos para exponer su obra en ocho estados y dictar conferencias sobre la cosmovisión andina. Y, así, sus esculturas y pinturas han recorrido todo el mundo, incluidos escenarios en Washington, Tokio, Múnich, China, Singapur y Londres.
Su obra es un acto de restitución simbólica. Maestro, ¿de qué manera su identidad aimara ha influido en su forma de ver el mundo y de crear arte?
-Yo creo que es la parte más fundamental. Mamani Mamani no existiría sin la cultura que hay detrás y no solamente por estos años vividos. He cumplido 63 y, bueno, Bolivia cumplió 200. Entonces, yo creo que mi fuerza, mi ajayu, está en toda esta herencia ancestral, en sus ritualidades, en sus ofrendas que son identidad y cultura. Todas las series que he ido trabajando –más de treinta– cuentan nuestra propia historia: un indio haciendo su propia historia. Porque si vemos en toda esta parte de la República, la época colonial, había blancos que pintaban al indio; pero, en este caso, es un indio que pinta a los propios aimaras, que parte de su identidad.
¿Cómo fue su proceso de formación como artista, dentro y fuera de Bolivia?
-Tengo dos versiones. Una que me gusta narrar cuando doy mis charlas o conferencias. Digo que seguramente todas las montañas, todos los apus, todos los achachilas se han reunido y han dicho: “Mamani, Mamani, tienes que llevar los símbolos, tienes que llevar los colores”. Y soy, por eso, un llevador de colores. Hace más de cuarenta años que sueño con el arte. Pienso en colores, sueño en colores. He ido construyendo un estilo que demuestra mis raíces y mi conexión con la Pachamama, con los apus, con los achachilas. Es la representación del sentimiento y un acto de amor. La otra: Desde muy niño, como cualquier otro, empecé a jugar con el barro, a pintar con el carbón con el que mi madre cocinaba. Muy joven, a los quince o dieciséis años, ya empezaba a ganar premios. A los dieciocho hice mis primeras exhibiciones. Desde ahí empecé a volar como un cóndor, a saltar como un chachapuma y a inspirarme como un katari.
Se define usted como “llevador de los colores”, una metáfora hermosa. ¿Qué significa para un artista boliviano llevar su obra a escenarios internacionales?
-Es como un grito que, como decía mi abuela, es un canto a la vida, una alegría para la vida y también sirve para espantar los malos espíritus. Y ese grito de colores, ese canto de colores, es lo que transmito en los lugares donde expongo mi obra. Ahora mismo estoy exponiendo en Monterrey, México. Toda una colección entre esculturas y pinturas. Para mi es el encuentro entre el águila y el cóndor, el canto a la Pachamama.
Reitera usted el concepto andino de Pachamama. ¿Cuál es su conexión con ella?
-Hay una conexión fundamental muy importante. Siempre he sido un hijo predilecto de ella. Me he encontrado entre sus manos, entre su pecho, y nunca me ha abandonado. En todos los países donde he estado, siempre aparece alguien que dice: “Ven, aquí te esperamos”, o “aquí tienes un techo, un plato de comida”. Eso me ha dado todavía más fuerza. Pero no es solo la relación con la montaña, sino también con mi madre y con mi abuela. He sido, creo, uno de los más consentidos.
¿Cómo nace una de sus pinturas? ¿Parte de una idea, una emoción o una vivencia concreta?
-Es una historia que repito cada día. Realizo una ritualidad de pijchar mis hojas de coca, como lo hacía mi abuela. Ella, a las cuatro de la tarde, mirando al Illimani, la montaña más hermosa, sacaba sus hojas de coca y se conectaba con la parte espiritual, con la vida misma. Era ella y el universo. Fumaba sus cigarros y empezaba a hablar. Creo que todo eso quedó en mí. A veces hago el pijcheo, me adentro en la temática y empiezo a volar. Los colores comienzan a salir. Es una ritualidad propia de nuestra cultura. Somos seres agradecidos por la vida. Por eso, cuando pintamos, cuando bailamos o cuando empezamos una cosecha, siempre ofrendamos a la tierra: el alcohol, la bebida, lo que le gusta a la Pachamama, siempre agradeciendo a la vida.
¿Cuál considera usted que es la obra más significativa de su carrera y por qué?
-En más de cuarenta años de trabajo he realizado muchas obras importantes. Trabajo en series, en temáticas que nacen de una historia: la serie del agua, de los sapos, del Amazonas, de las llamas, de los arcángeles, de los hombres cóndores, de los niños soles, las niñas lunas, la montaña. Cada serie puede tener cien o doscientos cuadros. A veces uno no sabe cuál marcó más el camino. En los últimos quince o dieciocho años realicé murales en distintas partes del mundo. Uno muy especial está en Bogotá, en la Décima con avenida Jiménez: La Pachamama del Agua. Es una obra para mis hermanos colombianos. También hay una en Chile y otra reciente en Filadelfia, un encuentro entre el águila y el cóndor, de más de cien metros. Pero la más emblemática está en la ciudad de El Alto: siete edificios de doce pisos, intervenidos con los colores de la wiphala y del arcoíris. Son viviendas sociales, para gente que no tenía casa. Es una de las intervenciones más grandes que existen en el mundo.
Desde su experiencia, ¿cómo ve la valoración del arte indígena andino en la actualidad?
-Ha sido un proceso importante, especialmente en Bolivia. Después de tener un presidente de raíces indígenas, se visibilizó mucho el tema del racismo y la discriminación. No fue la revolución cultural que se esperaba, pero sí se sacó a la luz una realidad que existe en muchos países de América Latina. Hoy en Bolivia hay jóvenes artistas, hay movimientos muy importantes. La ciudad de El Alto dio origen a una escuela de arte aimara, una universidad aimara, artistas aimaras. Creo que vienen generaciones fuertes de artistas indígenas, también en Ecuador, Perú y otros países donde la población indígena es muy significativa. Es un proceso lento, pero el orgullo por lo que somos está creciendo.
Si pudiera resumir su vida o su obra en una sola idea o sentimiento, ¿cuál sería?
-¿Quién es Mamani Mamani? Yo respondo: en la mañana soy un mallku, un cóndor que vuela la cordillera. Al mediodía soy un chachapuma, un hombre puma que salta las laderas. Y a medianoche soy un katari, una serpiente sagrada que se inspira, que compone, que dibuja y pinta con el legado de nuestros mayores haciendo camino para los que vienen detrás. Eso es Roberto Mamani Mamani.
Finalmente, ¿qué consejo daría a los jóvenes artistas que buscan expresar su identidad a través de la pintura?
-Para tener linaje hay que enseñar a nuestros hijos y nietos lo que son nuestras cosmovisiones, nuestra forma de entender el mundo. Nosotros siempre vamos al sur; nuestros abuelos leían la Cruz del Sur, la Chacana, y desde ahí construían el calendario, los solsticios, los equinoccios, las fiestas. La cosmovisión andina nos enseña que nadie debe quedarse atrás. Si alguien se queda, hay que llevarlo de la mano. El respeto a la Pachamama, al mundo de arriba, al mundo de aquí y al mundo de abajo; el respeto al árbol, a los animales, al prójimo. Todo tiene armonía y esa armonía debe mantenerse. Eso es lo que aprendimos de los mayores y eso es lo que deben saber los jóvenes: para volar como cóndores, saltar como chachapumas e inspirarse como kataris.
*
Filosofía de vida de la América profunda. La auténtica. La que habla con conocimiento de causa. Esta es una entrevista conmovedora. En el momento cuando obtuve el contacto –el maestro atendía reuniones de trabajo– la expectativa mía era fuerte: dialogar con un artista de entraña indígena con conocimiento profundo de la cosmovisión aimara y de altísima valoración en América Latina es una experiencia nueva. Y lo fue. Al colgar el teléfono tuve una impresión: acababa de dialogar con alguien que había llevado el arte indígena de la marginalidad al centro, sin pedir permiso y sin perder su identidad y sus raíces, alguien que era montaña y era color y también era luz y honestidad. De esa dimensión me pareció el boliviano.






Comentarios